EL CAZADOR





Era la primera cacería de Kibo, el león más joven de la manada. Otros cuatro leones, tan inexpertos como él, acechaban a una cría de impala que se había quedado rezagada.
Kibo caminaba sigiloso, rodeando al animal indefenso.
Le habría gustado rugir, pero sabía que si lo hacía espantaría a su presa. Atardecía en las praderas de Okavanga y el suave viento se llevaba lejos el olor de los leones. El pequeño impala no sospechaba que estaba a punto de morir, de ser cazado.
Kibo comenzó a correr. El impala notó el movimiento y levantó el hocico olisqueando el aire. Demasiado tarde, las garras de Kibo se clavaron en el muslo trasero del animal. La cría chilló llamando a su madre. Los demás leones se lanzaron sobre las patas, mordiendo y arañando la carne. Kibo dio un potente y elegante salto, se subió a lomos de la cría y hundió los colmillos en el cuello. El animalillo cayó herido de muerte y Kibo volvió al suelo.
Rugió. Se acercó a su presa. Su primera presa. La había abatido de forma impecable. Una caza sin contratiempos, elegante y perfecta. Entonces los ojos de Kibo se cruzaron con los del impala. Dentro de aquélla mirada moribunda vio el cazador una pregunta: “¿Por qué me has matado?” No había reproche, únicamente perplejidad y el asomo de la agonía. El león apartó la vista, no podía soportar tanto sufrimiento. En ese momento se prometió a sí mismo que jamás volvería a ver una mirada semejante. No quería ser el causante de tanto dolor.
Kibo no volvió a cazar nunca más. En consecuencia, se volvió vegetariano.

Edurne M. Aiona



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