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Erase una vez un cruce de caminos en un país muy, muy lejano. Cada día esperaba, paciente, a que pasara el viajero que habría de darle razón de ser. Sin embargo, cada día llegaba la noche, pasaba y empezaba una nueva jornada sin que ningún mortal se parase en la encrucijada ni pisase la tierra prensada de sus calzadas, sin que absolutamente nadie se interesase lo más mínimo por los lugares a los que llevaban.
El cruce de caminos tenía tres carteles que indicaban hacia dónde iba cada uno de ellos. En el primero, el de la izquierda, podía leerse: “Mar de aire.” El segundo, el de en medio, decía: “Luz de nieve.” El tercero, que discurría más a la derecha, sólo tenía un signo grabado en la tabla: “¿”. Nada más. Ni una palabra, ninguna instrucción.
Un día, sin embargo, tres figuras llegaron a la vez al cruce y se pararon indecisas, observándose sorprendidas. Eran tres damas vestidas con largas capas, cuyas capuchas cubrían sus cabezas.
Cada una portaba un libro.
La que había llegado por el camino de la derecha se quitó la capucha y preguntó con determinación:
            —¿Quiénes sois?
            —¿Y quién eres tú? —dijeron al unísono las otras dos damas.
            La primera dama sonrió. Su rostro era armonioso y en sus vivaces ojos color avellana bailaba una chispa traviesa, como si ocultasen algo permanentemente.
            —Soy aquélla que siembra la duda en el corazón humano, la que le empuja a hacerse las preguntas adecuadas para que obtenga las verdaderas respuestas.  Me llaman de muchas maneras, pero mi nombre es Dama Intriga y he hecho un largo recorrido para llegar hasta aquí con el propósito de recorrer otros caminos, tal vez de encontrar a otros viajeros…  
            La más joven se quitó la capucha también. Sonreía, al igual que la Dama Intriga. Pero sin embargo, en sus oscuras y bellas pupilas brillaba una intensa luz, que confería a su mirada el aspecto de dos brasas encendidas.
            —Yo me llamo Pasión y vengo de Mar de Aire, donde ejerzo de Dama de las emociones humanas más profundas, aquéllas que están arraigadas con fuerza en el inconsciente del Ser. He decidido salir a buscar el equilibrio para los habitantes de mi tierra, ya que a veces los huracanes pasionales les causan desconcierto, impidiéndoles ver la verdad.
            Entonces, la Dama Intriga y la Dama Pasión se volvieron hacia la tercera, la que había llegado por el camino de en medio y la conminaron a explicarse con un leve ladeo de cabeza.
            —Bien, veo que no tengo escapatoria —dijo la aludida retirando su capucha y dejando a la vista su rostro, en el cual estaban marcadas las vicisitudes en forma de tenues arrugas. En cambio, sus ojos, de un intenso azul celeste, parecían los de una adolescente, siempre mostrando sorpresa por todo lo que la vida le ofrecía. No sonreía, aunque su mirada sí lo hacía —. Quien me conoce me llama Dama Claror, y vengo de Luz de Nieve, donde no hay jamás una duda y refulge siempre una claridad cegadora. Sus habitantes casi no ven, es por ello que partí hace mucho tiempo en busca de un poco de sombra que pudiera dar un descanso a los ojos de mis conciudadanos.
            —Al parecer estabais destinadas a encontraros.
            Las tres Damas miraron hacia el lugar del que provenía la voz. Una cuarta figura encapuchada había aparecido como de la nada.
            —Perdonad mi intromisión, pues no soy más que una lectora de senderos, pero a mi entender debéis viajar juntas.
            —¡Tiene razón! —exclamó Dama Claror.
            —¿Qué es una lectora de senderos? —preguntó Dama Pasión.
            —Son personas que tienen el don de interpretar los caminos que transitan por el alma —respondió Dama Intriga. Luego se dirigió a la lectora —. Creo que lo mejor es que tú nos acompañes, así leerás nuestros senderos. Aunque… Nos gustaría saber tu nombre.
            —Mi nombre de lectora es Arabela.
            —Bienvenida Arabela —dijo Pasión.
Y luego las tres la abrazaron.
—¿A dónde vamos primero? —quiso saber Intriga —. Igual habría que empezar por averiguar de dónde vengo yo, pues lo ignoro.
Arabela se quedó pensativa un momento.
—No habéis de regresar, pues todo lo que hagáis repercutirá en las gentes de vuestras respectivas tierras estéis donde estéis. Las respuestas están en cada una de vosotras y algunas de ellas las habéis escrito en vuestros libros. Yo también tengo el mío —. Les mostró un tomo de tapas azules —. Tenéis que poner la mano sobre ellos. Así —añadió posando su palma sobre la portada mientras lo sujetaba con la otra mano.
Todas la imitaron.
—Y ahora hagamos un círculo con nuestros libros. Que las esquinas se toquen.
Intriga, Pasión y Claror, siguiendo las indicaciones de Arabela formaron un círculo con los libros, haciendo que las esquinas de todos estuvieran rozándose.
En ese momento, un hilo de bruma negra comenzó a entretejerse con los libros. A medida que avanzaba, se transformaba en un haz luminoso y luego, de nuevo se volvía oscuro, para de repente, hacerse hebra dorada que bordaba los títulos impresos en las cubiertas.
A la par, las tres damas y la lectora de senderos notaron cómo el hilo entraba por sus venas creando entre ellas un vínculo extraordinario y único, para luego desaparecer por un cuarto camino que se había abierto, y en el que una señal indicadora rezaba: Consciencia.
Y las cuatro se dirigieron juntas hacia allí con paso firme y sereno.
El cruce de caminos, cumplida su misión, se difuminó hasta desaparecer entre una bruma oscura y serpenteante, cuyas volutas lanzaban brillos dorados…

Edurne M. Aiona
                                                                                   28/11/16
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                                                                   ❂❂❂

Charla

Toc, toc, toc
llamó en el árbol
el pájaro carpintero.
Clinc, clinc, clinc
contestó el aguacero.
Potocloc, potocloc
y hiii, hiii, hiii
dijo el caballo.
Uh, uh, uh,
respondió el viento
(ululando).
Marigorri rozó con sus colores
el pétalo a las flores
y los rayos de mil soles
llenaron el día de dulzores.

Edurne M. Aiona



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Los colores del Arco Iris

El Arco Iris se estaba borrando en Han, el mundo de arriba, el que pertenece a los antepasados y los dioses. Ya faltaban dos colores, el Blanco, regidor de la ciencia, y el Amarillo, de la energía y la fuerza.
Opakay, sabio de Neol, el mundo visible, miraba hacia el cielo muy preocupado; el Violeta, expresión de la armonía comunitaria, estaba difuminándose delante de sus ojos. Sentía que se le acababa el tiempo, que debía actuar ya. Temía por su querida y hermosa tierra de fértiles valles e imponentes montañas;  los valores de sus nobles habitantes estaban íntimamente ligados a los siete colores que se extinguían y su fin podía ser inminente.
Se dirigió rápidamente al Ayllu, el círculo purificador reservado a los Venerables y a los iniciados, y entró. En el centro, una figura menuda de tez pálida y larga melena rojiza esperaba sentada con las piernas cruzadas y la cabeza baja; era casi una niña. Opakay murmuró un breve cántico con voz monocorde, vertió un líquido en una taza dorada y la dejó frente a ella. Al cabo de un rato, dijo:
          Ha llegado el momento, Quillama.
Ella miró al Venerable con sus ojos violetas, levantó el cuenco y bebió todo el brebaje.
Parecía dormir, la barbilla apoyada sobre el pecho y los brazos cayendo laxos a los lados; pero poco a poco sus rasgos cambiaron transformándose en los de un cóndor que desplegó las alas y elevó el vuelo.
Los neolís admiraron en silencio la majestuosa figura que surcaba el cielo, la observaron con profundo respeto durante un rato, hasta que de pronto, desapareció.
El cóndor había traspasado la fina línea que separa lo material de lo etéreo, sobre él se extendía un espacio de oscuridad casi total; era el reino de Apopai, señor de la no muerte, condenado a vagar eternamente entre los dos mundos sin poder entrar en ninguno. Egon, creador de todo el universo, le había expulsado de Han por haber querido usurpar su trono.
La presencia de un intruso del mundo visible le fue revelada al amo de las sombras y, contrariado, envió al huracán y a la cellisca  para que acabaran con él. Quillama sentía el dolor en el cuerpo del cóndor, notaba las gotas de agua, cortantes como afiladas cuchillas, las plumas arrancadas por el fuerte viento. Por un momento creyó que no tendría fuerzas para seguir, pensó que tal vez fuese mejor dejar de luchar; pero recordó que su gente y su mundo dependían de ella y arremetió contra la cortina de agua, la traspasó y penetró en la oscuridad, donde no había ni viento ni lluvia. El malvado señor montó en cólera al ver que sus elementos eran burlados, salió del interior de la oscuridad absoluta, donde moraba, dispuesto a destruir él mismo al extraño ser que se atrevía a desafiarle. Una sombra más densa y negra que las tinieblas de las que surgió, se perfiló frente a Quillama. Ante su presencia, el aire helado rugió de nuevo con más fuerza.  
         ¿Quién eres tú? Preguntó con su voz de trueno.
Soy Quillama, portadora del tornasol, y he de pasar la negrura para llegar al nacimiento del Arco Iris, en la cascada de Ostur.
Nunca pasarás al otro lado . Bramó Apopai.     
Un potentísimo rayo atravesó el cielo directamente hacia  Quillama, pero ésta estaba protegida por el espíritu del Gran Cóndor. El rayo, al rozar al pájaro, se descompuso en finísimos haces de luz que, al momento, se fundieron en una gran bola luminosa. Apopai retrocedió ante el fulgor, Quillama aprovechó la debilidad de su enemigo y se coló por la brecha abierta en el reino oscuro, perdiéndose de vista.
El grito lleno de ira de Apopai se escuchó en los tres mundos; no podía entrar en el círculo luminiscente, la entrometida se le había escapado.
La cascada de Ostur estaba en un gran valle de nimbos blancos, nadie podía decir dónde exactamente pues cambiaba de sitio según el humor de Nowet, su eterno guardián. Como era un ente inquieto, llevaba la cascada y los brotes de Arco Iris de aquí para allá, sin dejarlos nunca en un lugar concreto. Sólo el espíritu del Gran Cóndor que vivía dentro de Quillama era conocedor de cada lugar en cada momento, y fue él quien la guió.
El paisaje que encontró al otro lado era espléndido, los rayos del dios Lem inundaban el lecho de nubes creando un calidoscopio de contrastes. 
A Quillama le dio un vuelco el corazón al llegar a la cascada, los pocos colores que aún quedaban estaban tan desdibujados que apenas se distinguían entre la bruma que formaban las gotitas de suave pigmentación. Sólo ella, la de iris violáceos, podía devolver al Arco los siete tonos regidores de la vida, había nacido con ese único fin, aunque ella lo ignorara. Lo que sí sabía  era lo que debía hacer, (Opakay la había instruido bien) así que abrió las alas e inclinó la cabeza hacia atrás, su forma animal la abandonó y volvió a ser la delgada y hermosa joven neolí. Acto seguido se sumergió en la cortina de agua coloreada, se bañó bajo su chorro olvidándose del tiempo que transcurría. Se entregó, como estaba escrito, a Lem y a su sino.
Abajo, en el mundo visible, miles de almas esperaban conteniendo la respiración, suplicando a los dioses que ayudaran a su enviada. Pero el tiempo pasó y, como se mide de forma diferente en cada mundo, los neolís debieron volver a sus quehaceres cotidianos.
Transcurrieron muchos años sin noticias de Quillama, sin Arco Iris; sin regencia en las artes, las ciencias, la política y la sociedad, sus pueblos estaban sumidos en el caos y el desorden, y sus gentes en la degradación moral. Hasta que un día cayó un aguacero y a la par lució el sol y, junto a ellos los siete colores descendieron desde el cielo cubriendo todo Neol. Con el Gran Arco Iris, los neolís recuperaron la paz y el orden natural de las cosas regresó a sus vidas. Quillama nunca volvió.
         Pero desde ese día un hermoso cóndor acompaña siempre al Arco Iris, y Opakay se inclina ante su majestuoso vuelo.



Del libro Cuentos de Luz. 
Premiado y editado en antología por Editorial Hijos del Hule (Barcelona) en 2010

Edurne M. Aiona



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EL CAZADOR
Era la primera cacería de Kibo, el león más joven de la manada. Otros cuatro leones, tan inexpertos como él, acechaban a una cría de impala que se había quedado rezagada.
Kibo caminaba sigiloso, rodeando al animal indefenso.
Le habría gustado rugir, pero sabía que si lo hacía espantaría a su presa. Atardecía en las praderas de Okavanga y el suave viento se llevaba lejos el olor de los leones. El pequeño impala no sospechaba que estaba a punto de morir, de ser cazado.
Kibo comenzó a correr. El impala notó el movimiento y levantó el hocico olisqueando el aire. Demasiado tarde, las garras de Kibo se clavaron en el muslo trasero del animal. La cría chilló llamando a su madre. Los demás leones se lanzaron sobre las patas, mordiendo y arañando la carne. Kibo dio un potente y elegante salto, se subió a lomos de la cría y hundió los colmillos en el cuello. El animalillo cayó herido de muerte y Kibo volvió al suelo.
Rugió. Se acercó a su presa. Su primera presa. La había abatido de forma impecable. Una caza sin contratiempos, elegante y perfecta. Entonces los ojos de Kibo se cruzaron con los del impala. Dentro de aquélla mirada moribunda vio el cazador una pregunta: “¿Por qué me has matado?” No había reproche, únicamente perplejidad y el asomo de la agonía. El león apartó la vista, no podía soportar tanto sufrimiento. En ese momento se prometió a sí mismo que jamás volvería a ver una mirada semejante. No quería ser el causante de tanto dolor.
Kibo no volvió a cazar nunca más. En consecuencia, se volvió vegetariano.

Edurne M. Aiona


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El sembrador de estrellas


En un tiempo lejano, olvidado de la memoria de los hombres, las estrellas se apagaron por causa de la codicia del Rey Lizar que quiso poseerlas y las encerró.
Sin un cosmos donde expandirse, sin aire que alimentara su fuego, sin miradas humanas de admiración y amor, la tristeza anidó en el ánimo de las estrellas y murieron. Poco a poco, una a una, fueron apagándose. Con ellas también se extinguió la vida del hijo de Lizar, Adi, el recién nacido cuyo corazón era una estrella azul.  
Con la falta de su pequeño la existencia de Lizar se quedó vacía. No dormía, no comía, se pasaba las horas en un llanto mudo y solitario. El dolor le atenazaba el pecho hasta impedirle respirar, la pena era tan grande que se esparció por cada rincón de su reino y sus pobladores comenzaron a caminar taciturnos, a vivir con un velo de desesperanza.
Hasta que el rey pasó de la pena a la rabia y de la rabia a la indiferencia. Toda aquella persona que le conoció después de la tragedia aseguraba que tenía las entrañas duras como el acero, que era incapaz de sentir emociones.
            —¿Qué ha sido de tus sentimientos? —le preguntó un día su esposa Ega, dolida ante la frialdad que le demostraba.
—Estoy mejor sin ellos —fue la respuesta.
El tiempo pasó, lento pero inexorable, con la aflicción siguiéndole como una sombra allá dónde fuese. Un día se fue sumando a otro hasta transformarse en meses y los meses en años.
Una noche llegó al país un jinete encapuchado. Atravesó el portón enrejado de la muralla justo antes de que los guardias lo cerraran. Las gentes le miraban asombradas, pues por dónde pasaba le seguía una estela de luz que parecía emanar de su propio cuerpo. Subió la empinada cuesta que llevaba al palacio real y pidió ser recibido por el monarca.
—¿Quién eres? —preguntó Lizar con malos modos cuando lo tuvo delante.
Ese día su hijo hubiera cumplido nueve años.
El visitante se destapó la cabeza y dejó ver un rostro de líneas suaves y armoniosas, con una piel de un blanco purísimo de la cual brotaba un aura refulgente.
—Soy Dirdai, uno de los cien mil rayos de la Diosa Ilargi —contestó con voz melodiosa.
Al momento, el rey sintió que su desaliento disminuía y una suave paz comenzaba a calar en su ánimo.
—¿Y qué haces aquí? —preguntó, esta vez más amablemente.
—Traigo un mensaje de mi Señora. Tu hijo Adi está con ella.
A Lizar se le escapó un hondo suspiro, casi un quejido.
—Mi hijo está muerto —respondió apesadumbrado.
—No. Está con Ilargi. Te lo devolverá en su décimo cumpleaños.
—¡Por el amor de...!
Lizar no pudo seguir hablando. Trastabilló hasta su trono y a duras penas consiguió sentarse.
—Aunque hay una condición —continuó Dirdai. Esperó a que el rey se serenase —. Ya que tú eres el responsable de la extinción de las estrellas, deberás sembrar de nuevo el cielo. Has de comprender que la luna no puede vivir sola, sin sus hijas. Al igual que tú, que mueres en vida sin la presencia de tu infante.
El rey estaba atónito. ¡Sembrar estrellas! ¿Cómo iba a hacer semejante cosa?
—Dispones de un año. Si el cielo no se llena de luminarias antes del próximo veintiuno de marzo, Adi se quedará para siempre con mi Señora.
Dirdai, el rayo de luna, se puso la capucha, dio media vuelta y se dirigió hacia los pesados cortinajes de terciopelo que daban entrada al gran salón del trono. Antes de salir, volvió la cabeza.
—La cuenta atrás comienza en este instante —dijo. Y desapareció tras el drapeado de las telas.
Lizar se quedó solo y atormentado. Se quitó la corona que ceñía su frente y la lanzó lejos. Luego se mesó el pelo con nerviosismo.
—Es imposible… Imposible… —repetía sin parar.
Fue a los aposentos de su esposa, que languidecía en su cama desde hacía años y, apoyando la cabeza en su regazo, lloró amargamente por primera vez desde que desapareciera su amado hijo. Ega, con la poca fuerza que le quedaba, le acarició el pelo y susurró en un hilo de voz:
—Sé fuerte.
Ya no pudo decir más. La mano que acariciaba la cabeza de Lizar cayó inerte a un costado y sus ojos se cerraron suavemente.
—Perdóname esposa mía, perdóname —gimió Lizar apretando las manos de su compañera. Luego le besó los párpados y los labios con dulzura. El amor que aún sentía por ella renació en su interior fortaleciendo su voluntad —. Recuperaré a nuestro hijo. Te lo prometo.
El tiempo cambió de velocidad y comenzó a pasar tan deprisa que a Lizar le mareaba. Lo intentó todo para devolver el cielo a su estado natural, con las estrellas luciendo en lo alto. Consultó a los magos de la corte, a los astrónomos, a las hechiceras… Incluso arriesgó su vida visitando en persona a Bihox, la bruja oscura del bosque pantanoso. Ella fue la única que le dio una respuesta. Le dijo:
—Debes dejar de ser rey y empezar a ser labrador.
Lizar no entendía qué había querido decir la bruja. Parecía un acertijo. Comenzó a pasar los días intentando descifrarlo y las noches en vela mirando al cielo vacío, tan solo cubierto por algunas nubes y con la única luz de la solitaria luna mitigando las sombras.
Una pesadilla, extraña y macabra se inmiscuyó en sus sueños: Se abría las venas y de su sangre brotaban estrellas que volaban hacia lo alto. Pero cuando despertaba únicamente recordaba vaguedades, como el color rojo, o un vacío inmenso, por lo que comenzó a tener miedo de dormirse y hacía lo imposible por mantenerse en vigilia. Aunque al final, siempre acababa venciéndole el cansancio y el horror regresaba de nuevo.
Apenas faltaba un mes para el día señalado y no había conseguido nada, ni siquiera una luz pequeñita. Desesperado, deambuló por el castillo como un alma en pena y, de pronto, se encontró en los aposentos de Adi. No había entrado allí desde hacía casi diez años. Descorrió las cortinas con dibujos de animales que ocultaban los objetos pertenecientes al que había sido su bebé. Allí estaba el cofre dorado, regalo de uno de los nobles de su corte, no importaba quién. Lo abrió. La pulsera de plata y topacios, engarzada por la magia de la Dama Aurea para el pequeño, refulgió en su interior.
Una aguda punzada le recorrió el pecho de parte a parte.
—Me convertiré en labrador si es eso lo que quieres —gritó mirando al techo.
Colgó la diminuta pulsera de la cadena regia que llevaba al cuello y se dirigió a su estancia privada. Martino, su ayuda de cámara, le esperaba diligente para ayudarle con la vestimenta de la cena. Haciendo caso omiso a sus recomendaciones —ya tenía dispuestos dos trajes sobre el lecho—, le tomó de los brazos y lo empujó hacia la salida.
—Quiero ver al jefe hortelano inmediatamente. Ah, y dile que me traiga algo de ropa suya, de la que usa para trabajar el campo.
—Majestad… El jefe hortelano estará durmiendo. Es tarde y vos deberíais… 
El rey zanjó la discusión con una palmada seca en la puerta maciza de su vestidor.
—¡Lo quiero aquí ya! —vociferó.
Cuando el jefe hortelano llegó, Lizar le arrebató de un tirón la ropa que llevaba doblada entre las manos.
—¿Cómo se procede para sembrar semillas? —le preguntó mientras se despojaba de sus lujosos ropajes y se vestía con el blusón y las calzas del labrador. Ante el silencio del hombre, Lizar se impacientó —Vamos, vamos, no tengo todo el día. Dime cuáles son los pasos de la siembra.
El jefe hortelano miró a Martino, el cual le hizo un gesto afirmativo con la cabeza.
—Pues… Primero se abren surcos en la tierra con un arado, luego se van echando las semillas separadas un trecho una de otra, y después se tapan y se riegan —contestó el pobre hombre, dando vueltas entre las manos a su ajada boina.
Una vez conseguida la indumentaria y la información, Lizar despidió a los dos hombres y acto seguido se dirigió a la parte trasera del jardín que rodeaba el palacio. Una vez allí eligió una zona libre de flores y con una rama hizo un surco en la tierra.
En el cielo la luna llena le observaba. Una pequeñísima luz azul titilaba a su lado.
—Amado hijo, dime qué he de hacer para recuperarte —rogó —. No sé cómo se siembra, no dispongo de semillas de estrella…
«Mi corazón… Es una estrella…» Silbó el aire.
Lizar miró a su alrededor. No había nadie.
«Mi corazón… Es una estrella…»
Entonces lo entendió, vio lo que tenía que hacer con una claridad absoluta.
El corazón de su hijo era una estrella azul, la misma que brillaba en ese momento junto a la Diosa Ilargi. Adi y él compartían la misma sangre. Por tanto, no era descabellado pensar que por sus venas corría polvo de estrellas. Y si era así… Una amplia sonrisa se dibujó en su rostro.
Corrió escaleras arriba, hacia sus aposentos. Cogió a toda prisa su puñal corto, el que solía esconder en la bota, y regresó al jardín. Una vez allí, se colocó delante del surco.
—Por favor, Diosa, por favor. Que funcione —pidió con fervor.
Apoyó la punta del puñal en la yema del dedo corazón de su mano izquierda y presionó. Una gota de sangre brotó de la herida y Lizar se apresuró a echarla en el surco. Lentamente, la gota resbaló de su dedo y cayó en la tierra, que la absorbió al instante.
Al principio no pasó nada y el rey sintió una gran decepción. Desesperanzado se dejó caer de rodillas en el borde de la hendidura, la cabeza inerme entre sus fláccidos hombros.
«¿Qué hago ahora?» Se preguntó.
Ya estaba dispuesto a levantarse y ceder al desánimo cuando un hilo de luz se elevó desde el lugar donde había caído su sangre. Parecía una dúctil voluta de humo luminiscente que ascendía lentamente formando anillos. Cuando llegó a cierta altura, la espiral salió catapultada y un instante después en el cielo brilló una estrella. La primera de su particular cosecha.
Lizar apretó su dedo y una nueva gota brotó y humedeció la tierra. De nuevo surgió un rizo luminoso que se elevó mansamente y al llegar a un punto determinado, como le había pasado a la otra, se disparó en un velocísimo ascenso y se prendió en la bóveda en forma de estrella.
El monarca, ahora convertido en labrador, repitió la operación tantas veces como pudo, hasta que dejó de salir sangre de su yema. Así, aquella noche nacieron ocho nuevas estrellas.
Agotado, pero con renovada esperanza, Lizar se retiró a descansar. Durmió el resto de la noche y todo el día siguiente y cuando la luna volvió a salir, preparó un nuevo surco y sembró su sangre de nuevo. Esta vez fueron doce las estrellas nacientes.
Por fin, llegó la fecha señalada, el décimo cumpleaños de su hijo Adi. La noche anterior Lizar había conseguido colgar veinte luces en la capa celeste. Confiaba plenamente en la palabra de la Diosa Ilargi, por lo que se dispuso a esperar. Como no sabía la forma en que le devolvería al niño, simplemente aguardó. Pero las horas pasaron y nada sucedió. Nadie llevó a su hijo a palacio, no se produjo ningún milagro por el cual apareciese, con lo cual en el pensamiento del rey comenzó a nacer la duda.
—No puedes desfallecer ahora —se dijo a sí mismo en voz alta.
Así que siguió haciendo guardia.
Al fin sucedió. La campana de la torre comenzó su repiqueteo de media noche. Cada golpe del badajo en el metal producía en Lizar un temblor que recorría todo su cuerpo.
Quedaba una campanada. La última.
Y ya nada sería posible.  
El tiempo se paró en el instante en que la reverberación de esa campanada se apagaba. Y entonces, en el corredor se oyeron los cascos de un caballo. Al cabo, atravesó los cortinajes y entró en la sala del trono, que se iluminó al instante de pura luz de luna. Lizar se levantó del trono como impelido por un resorte, la ansiedad pulsándole en las sienes.
—Dirdai… —balbuceó.
Un segundo jinete, al que no había visto, descabalgó de detrás de Dirdai. Era un niño de ensortijados cabellos negros, tez perlada y ojos azul celeste. Lizar se arrodilló y abrió los brazos de par en par; el chiquillo se abalanzó y hundió la cara en el pecho del rey.
—Todo es ahora como debe ser —dijo Dirdai conduciendo a su caballo hacia la salida de la estancia y desapareciendo al punto.
Padre e hijo estuvieron fundidos en un abrazo silencioso hasta el amanecer.
El rey Lizar nunca volvió a ceñirse la corona. A partir de aquel día se dedicó a recorrer el reino en compañía de su hijo ayudando a todo aquel que lo necesitase. Jamás olvidó, sin embargo, sembrar cada noche una estrella. Allí donde estuvieran buscaba un bosque, un jardín o una huerta y escarbaba un hoyo en el que depositaba una gota de su sangre, de la cual, inmediatamente, surgía un hilo de luz que se elevaba hacia el cielo.
Hizo esto hasta el mismo día de su muerte.
Adi no lloró. Se tumbó al raso, bajo un cielo iluminado por infinidad de estrellas, y disfrutó del espectáculo sabiendo que todas esas luces eran obra de su padre.
El nombre del Rey Lizar se olvidó con el paso del tiempo. Sin embargo, el recuerdo de su persona perduró en la memoria de los hombres, para los que fue por siempre El Sembrador de Estrellas.

 Edurne M. Aiona



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